Recorrimos el boulevard hasta el final, llegamos hasta la Plaza de Venezuela donde hubo una estatua de Colón que un 12 de octubre fue derribada y su cuerpo descabezado paseado y arrastrado por la ciudad y en donde posteriormente, a unos metros, se erigió otra estatua esta vez al Cacique Guaicaipuro, aquel que murió solo en una cabaña rebelándose y rechazando someterse a los españoles.
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Muy cerca, comimos un pollo a la brasa olvidable en un bar restaurante que debe llevar intacto unos cuarenta años. De allí, fuimos hasta la zona de los museos: Teresa Carreño, MBA, Museo de las Ciencias Naturales. Parece que hace años, esta era la zona de la Caracas intelectual: se pasaban las tardes en la Cinemateca, se visitaban los museos, se tomaba cerveza y se llevaba una vida bohemia. La zona, me comentan, estaba casi vacía y no se veía a mucha gente por allí. Ahora, el lugar está lleno de niños jugando, parejas comiendo helados, deportistas y paseantes de perros, vendedores de chupi-chupi y todo tipo de gente, imagino que intelectuales incluidos. Cerca, hay un parque enorme (Los Caobos) que cierra los lunes por mantenimiento y no pudimos visitar, pero al que es probable que hoy volvamos.
Seguimos caminando hacia el barrio de Tibisay, San Bernardino, pasando por calles repletas de gente, coches, ruido, basura y árboles y más verdor entre el cemento y el asfalto.
San Bernardino es una zona residencial muy bonita pero algo descuidada. Un lugar que bien mantenido y limpio (dándole un lavado de cara a los edificios, arreglando las aceras...) podría ganar mucho y multiplicar su encanto.
En casa de Tibisay, estuvimos bebiendo, hablando, etc. Pasamos un par de horas con ella y su hija y nos volvimos en taxi a las Colinas de La California: un trayecto nocturno por Caracas donde también apreciamos lo gran ciudad que es (largas distancias, amplias avenidas externas, coches y gente por todos lados, edificios grandes y pequeños...).
Llegamos rendidos y, tras un excelente revuelto que nos preparó Myriam, caímos sin remedio.
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