Reencuentro de amigos del instituto. Primera visita al Ávila: frondosidad y verdor. Llegamos hasta el Humboldt, el hotel en desuso que corona el monte. Contrastes evidentes: en el camino hacia la zona del hotel, en la que está prohibido fumar por ser un Parque Natural Protegido y a diez metros de algunos puestos de comida, bebida, etc, se amontonan las bolsas de basura que depositan allí camiones que se deben sortear para continuar el camino. Odor insoportable, imagen incomprensible.
La vista de Caracas desde al Ávila vale la pena: una ciudad enorme de siete millones de habitantes en medio de un valle rodeado de montañas.
Mantenimiento del parque casi excelente si no contamos la irresponsabilidad de muchos visitantes que no se preocupan en dejarlo limpio ni la verguenza del mencionado vertedero (cómo no hacerlo) ni el control militar (m-i-l-i-t-a-r) al inicio de la subida con el impagable comentario de que no podría pasar la cámara si mi intención era sacar fotos comerciales que pudieran ser vendidas después (? -primer momento del viaje en el que veo peligrar la cámara-). Por lo demás, día agradable con los amigos de Felipe y degustación para repetir de sandwich de pernil con queso y tomate.
A la vuelta, nos quedamos en casa de Tibi. Conocimos a una familia vecina de dominicanos a la que retraté. Salimos los tres a dar una vuelta: cena en un chino (nada que ver con los conocidos hasta ahora en España) y postcena en Vinósfera, local de amigas de Tibi especializado en vinos. Probamos uno argentino suave y agradable. Conversación intensa y necesaria entre hermanos.
Vuelta en taxi. Muchas calles de Caracas por la noche son prácticamente negras por la falta total de iluminación. Caminar por ellas llega a dar miedo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario