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Ayer llegamos a Caracas. El caos en el aeropuerto no fue tanto ni tan peligroso como lo pintaban. Aun así, se te acercaban a preguntarte en voz baja si querías un taxi o si necesitabas cambiar dinero.
En La Guaira, donde está el aeropuerto, el calor era de auténtica sauna: un bofetón de calor húmedo te daba no en la cara, sino en todo el cuerpo desde que salías del edificio.
El trayecto a Caracas (45 km = más de hora y media de camino) nos permitía ver los contrastes de la ciudad. Se entra por el este, donde se encuentran más barrios (colores miles, gente vendiendo en mitad de la calle comida, bebida, flores..., coches americanos de los setenta y ochenta, muchos hechos polvo, camiones enormes llevando gente de pie y sin seguridad en la parte de la carga...). Se pasa por el centro (hoteles, edificios altos, miles de carteles publicitarios y más y más coches). En la zona oeste la cosa parece algo menos caótica. Ahí es donde nos quedaremos.
Hoy comienza un nuevo día y desde primera hora se escuchan las pitas de las motos y el eterno pulular de coches y camiones.
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