Entramos a ver unos discos en una tienda llamada Jazz Kaelderen porque tenía CDs y vinilos en oferta. Al entrar, había un trío preparándose para tocar y unas tres o cuatro personas sentadas entre las cajas de discos. Al principio, habría que haber pagado, pero el chico de la puerta dijo que podíamos pasar a echar un vistazo. Mientras ojeábamos lo que había, el saxofonista cogió su instrumento y comenzó a vomitar notas y alaridos seguido por los golpes del batería haciendo uso de todo tipo de objetos (baquetas, escobillas y hasta un muelle hecho de alambre, largo y flexible, que hacía sonar contra todas las superficies del instrumento...). El bajista (bajo eléctrico) no paraba de tocar en slapping, completamente acelerado, parando por momentos y retomando el ritmo. La masa sonora que rebotaba contra las paredes del pequeño local, te hacía casi saltar y te ponía el corazón a mil revoluciones. A la hora de preguntar por el precio de alguno de los discos, la tarea se hacía casi imposible. Compramos, como pudimos, un vinilo y un CD y salimos del local huyendo del ruido.
Hubo una época en que éste trío habría despertado poderosamente mi curiosidad e, incluso, me habría gustado su energía rotunda. Pero, en aquel momento, lo único en que pensaba, era en pagar los discos y salir de allí. ¿Será esto una muestra más de mi creciente conformismo? Por la calle, pasaban las bicis; en Grabrodretorv, a veinte metros del Kaelderen, una música más fácil me hacía sentir bien; el cielo azul despejado daba sensación de luz y libertad, y de mi recuerdo, poco a poco, comenzaba a desdibujarse la imagen de una flagelación con la que, a cada paso, menos iba teniendo que ver.
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