Pudimos renovar la cédula de Felipe en el Parque del Este. De allí, cogimos un carrito por puestos hasta la plaza de La Candelaria. El centro es un eterno bullir de gente y de coches con todo lo que esto implica: polución, gritos, pitas, colorido, intensidad -un caos organizado.
Visitamos las Torres del Silencio y la plaza de Caracas, nos cayó otro palo de agua del que nos pudimos guarecer. Intentamos ir al concierto en la sede de la Orquesta Sinfónica pero no nos dejaron entrar por ir en chores (pantalones cortos), así que nos cogimos el metro en la estación Colegio de Ingenieros para volver a casa.
Fue al entrar al vagón del metro cuando fui bautizado. Mientras intentábamos acceder al vagón, noté como que algo se deslizaba del bolsillo trasero de mi pantalón. Me quedé un poco paralizado por la duda mientras tanteaba que seguía teniendo el dinero y el carnet de identidad, pero me faltaba el papelito donde llevaba apuntados todos los teléfonos de aquí. En fin, antes de que se cerraran las puertas, dos individuos que, con sus gorras, no habían dejado de mirar al suelo como abstraídos, salieron del vagón y ya lo entendí todo. Por suerte, sólo se llevaron los números de teléfono...
Por la noche, tuvimos cena mejicana en casa de Begoña como bienvenida a su hijo menor que volvía de un periplo por Francia y España: comida deliciosa, conversación agradable y ambiente acogedor. Conocí a Reinaldo y se habló algo de política y sociedad, de Venezuela y España.
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