Lo que en un principio iba a ser un brunch, pasó a convertirse en un desayuno tardío o, más concretamente, en un pequeño almuerzo.
Fue en casa de Maria Teresa, un lugar muy bonito en una zona alta de la ciudad (pasando La Trinidad), rodeado de naturaleza y frescor. La comida estaba muy buena: los dos mejores quesos frescos que he probado aquí hasta ahora, unas arepas excelentes y variedad de acompañantes (asado negro, carne mechada, jamón cocido, aguacate...)Estuvimos hasta cerca de las nueve de la noche hablando, riendo y bebiendo (como casi todas las reuniones).
En España a la gente también le gusta sentarse a comer y a hablar y a pasar las horas. Debe pasar igual en otras zonas de Europa y del mundo. Pero las veces que hemos podido hacerlo aquí, además de haber sido normalmente entre familiares y amigos cercanos, se ha creado un ambiente de buen rollo, de comodidad, de animosidad y dinamismo (siempre hay temas de los que hablar, todos se involucran, unos bailan, otros hablan en una mesa, otros en otra parte de la casa; se oye a alguien cantar, a más reir, la música sonando eternamente, se abrazan, se besan, los niños corretean y abrazan también a sus progenitores, a sus tíos...), hay como más contacto físico y más implicación emocional, lo que le da un toque distinto. Pero es que es así en todo. Hay una implicación y, en ocasiones, una explotación o exageración de la emoción, del sentimiento, que puede hacer los encuentros más cálidos o, como en muchas ocasiones en la tele, empalagar de tal forma por lo falso y excesivo que se convierte en lo más cursi del mundo...
Bueno, hoy nos vamos a Margarita por cuatro días. Quizá podamos tener un contacto allí. Una amiga taxista de Begoña. Sería genial...
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