Y poco a poco vamos poniendo una pieza y después otra y nunca terminamos porque hay siempre algún lugar por donde entra agua, por donde el polvo se va acumulando, por donde el exceso de humedad hace necesario algún trabajo menor.
Y así vamos caminando, dejando escrito en el suelo, cuales pulgarcitos, nuestro trazo, nuestras huellas, titubeos y decisiones, y todo se va moviendo al ritmo del mundo. Pero nada queda, nada es definitivo, todo no es sino búsqueda, avance, boceto que en algún momento nos puede permitir borrar lo que no nos gustó o, al menos, disimularlo.
Y el momento llega en que la obra se da por acabada. Pero no somos nosotros quienes decidimos. No se nos permite el montaje porque los actores sólo pueden centrarse en su papel y hacerlo lo mejor posible. Es el director quien pone el final y cada uno de los asistentes quien, una vez vista la obra, emite su juicio que, al fin y al cabo, es lo único que queda.
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