En el aeropuerto, controles excesivos: apertura de maletas antes de facturar por parte de un chico de unos veinte años o menos de la unidad antidroga, con uniforme militar y actitud chulesca que nos hizo además pasar por un escaner para verificar que no lleváramos nada en nuestro interior. Antes de entrar al avión, en el finger, cacheo de todo el pasaje, convenientemente separado por sexos, y nueva apertura y búsqueda de Dios sabe qué en el equipaje de mano. Control exagerado para, me temo, pocos frutos.
Una despedida oficial que por caótica e ilógica, enturbió en un ápice los ritos del regreso.
Atrás, queda una Venezuela (una Caracas) con muchas contradicciones, mucho carácter, mucha belleza, mucho dolor, mucha incertidumbre y un largo camino que recorrer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario