Se abrió entonces, hace siete años, una puerta. Y al salir, me encontré con gente, con personas, con individuos que vivían sus vidas al raso, al aire libre, afrontando los peligros y gozando los placeres en un mundo distinto al de siempre. Un mundo ahora fresco (a veces frío), cálido (a veces sofocante), nuevo (a veces conocido). Un mundo, en fin, vivo.
Me fui quitando poco a poco de encima las capas más ligeras, las que más fácilmente cedían y caían por su propio peso. Después, solo, tirando de las que se resistían y, ya con el tiempo y otras manos, las más soldadas y entumecidas, las que más se llevaban consigo al desprenderse...
Hoy, tras siete años, queda aun mucho por pulir, mucho más por encontrar y otro tanto por construir pero el cielo está despejado y limpio y el paso, algo más seguro, avanza.
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